Para que este país tenga el periodismo que necesita se podría empezar
reformulando la Mesa Redonda.
Un espacio como ése tendría que enfrentar diversas posiciones y huir
de lo monocorde. De hecho, el sentido originario de la table arturiana
era borrar las distancias entre el rey y los caballeros según el
expediente de colocarlos a todos en círculo, esto es, de evitar
cabeceras de mesa u otras expresiones de jerarquía. La mesa era
democrática, la opinión de cada caballero valía tanto y no menos que
la del rey, se escuchaba a todos y se decidía en consecuencia. O eso
quiere la leyenda, probablemente edulcorada por el tiempo y los buenos
deseos.
El interés que puede generar en el espectador una mesa redonda emana
no tanto de la información que provee -para eso están los noticieros y
espacios de parecido corte- sino de escuchar posiciones contrapuestas,
de confrontar análisis y puntos de vista y formarse una opinión
personal, inteligente, a la que se arriba por elección y no por
adoctrinamiento. Eventualmente puede ocurrir que todos los
participantes coincidan, pero no es la idea (algo como el viejo chiste
que aparece en una película de Subiela: el matrimonio es como el
submarino: puede flotar, pero está hecho para hundirse); todo lo
contrario, el concepto es generar debate, desacuerdo y pataleo. Por
otra parte, el espectador tendría que ser capaz de acudir a las
fuentes citadas, y no quedarse inerte para escuchar que "hoy en
Internet encontramos varias informaciones en este sentido" de las que
sólo sabe por el comentarista, y lo que el comentarista quiere. En el
contexto cubano, esta noción de periodismo no es, claro está,
privativa de la Mesa Redonda, pero es ella sin duda el ejemplo más
escandaloso. Y sacralizado. Encima, no es un programa al que
caractericen la brevedad y el ritmo, y se convierte a su vez en
noticia, o sea, es citado generosamente por noticieros posteriores,
varias veces el mismo día.
No cuestiono la veracidad de las informaciones expuestas en la Mesa
Redonda, aunque sí podría discutirse la pertinencia de muchos enfoques
presentados como únicos, y que efectivamente lo parecen a los ojos de
un espectador, repito, sin otras referencias. Conceptos como que la
disensión equivale a traición, que el ciudadano es una suerte de niño
vulnerable a quien hay que proteger de la exposición a agresivas
entidades foráneas, que "quienes tenían que analizar esto ya lo
analizaron", que hay temas de los que no se habla porque eso da armas
al enemigo -aunque todo el mundo lo comente en la calle- y, sobre
todo, que exponer en detalle los errores del enemigo anula los
nuestros, se corresponden con un modo de ver, de hacer y de gobernar
de probada ineficacia, que sólo genera insatisfacción, distancia y
burla.
Tromado de: http://eduardodelllano.wordpress.com/
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